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En su mundo no podía faltar mi llanto nocturno. Ni mi tensión. Ni mi preocupación. En su mundo no podían faltar las miradas asesinas. Ni los cuhicheos. Ni las malas risas. En su mundo no podía ser menos el empujarme. El dejarme atrás como siempre. En su mundo. Pero se acabó. Yo ya no jugaré a más a su juego. Ellos jugarán al mío. Ahí yo soy la que da los puntos. Ahí yo soy la que elije a los jugadores. Ahí yo soy Dios. A partir de hoy, no serán más que personajes creados de la nada para satisfacer mi aburrimiento. En mi mundo, mis reglas.