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Sábado, 26 de marzo de 2005


Todo queda en familia

Archivado en: 13. Reflexiones


No sé si ha sido porque ella se ha marchado. No sé si, desde ayer, los ánimos están más bajos y los humos más altos que de costumbre. No estoy segura de si mi desesperado intento de perfección ayer fue causado por verme sola ante el peligro. En estos momentos, no sé absolutamente nada.

Ella es como la pieza de una esquina en un puzzle: es imprescindible para que las de su alrededor consigan unirse del todo. Y ahora, sin ella, todos nos hemos distanciado un poco más que de costumbre. Personalmente, no me siento capaz de sentarme frente a alguno de ellos y proponerles un tema de conversación. No me sale; no sé por qué. Supongo que, cuando ella vuelva todo estará de nuevo como lo dejó en un principio. Supongo o... mejor dicho: espero.

Ni escribo mejor, ni dibujo mejor, ni tengo mejores ideas, ni tengo mejor humor ni estoy mejor. Pensé que este pequeño (y muy merecido para ella) descanso sería como una prueba a superar. Y que, si conseguía pasar estos cuatro días sin pensar en ella, a lo mejor todo lo que, desde hace hoy dos meses, se me da fatal, ahora se me empezaba a dar mejor. Pensaba que tal vez no tenía ningún problema, pero sí lo tengo: mi problema es que estoy muy pero que muy encaprichada con ella y que, en el fondo, aunque le diga que es ella la que está rara, soy yo. Hoy, tras, solamente, un día de su salida, me he derrumbado. Pero no ha habido lágrimas ni dolor en el pecho ni un nudo en la garganta, como de costumbre. Simplemente la bombillita se me ha encendido y algo dentro de mí ha dicho "Hasta aquí hemos llegado". Me di cuenta de que la necesitaba. De que no podía fingir más que la había olvidado; porque no es cierto.

Probablemente el domingo me resulte estúpido este sentimiento que ya para entonces habré tirado a la basura. Lo sé, siempre me pasa; soy predecible en ese aspecto. Y sé que, cuando vuelva, el ansia de volver a verla se apagará y entonces volveré a ser tan dura con ella como el último día que la vi. Y me volveré fría, mala, y ella puede que me desprecie por ello. Pero, por alguna razón que no acabo de entender, mi cuerpo no la quiere conmigo. Mi cuerpo, mi alma, mi... algo de mí. No sé por qué, pero cuando estoy a su lado tengo la increíble necesidad de decir todo lo que se me pasa por la cabeza acerca de ella.

Y luego, cuando ella no puede verme, me odio a mí misma por haber sido tan mala con ella. Porque sé, no en el fondo, si no en la superficie, que no debo comportarme como lo hago. Que ella es la única persona que, actualmente, me comprende en toda mi plenitud. Que siempre ha estado ahí y no me ha juzgado nunca precipitadamente. Que se preocupa por mí, que me escucha, que me anima, que sabe lo que me gusta. Sé que ella es buena y que, si yo no fuese tan cruel con ella, es probable que todo volviera a estar como antes.

Solo sé que el domingo ya estará aquí. Y que ya no estaré sola frente al peligro, que la tendré a ella, como un comodín. Al menos tengo el consuelo de que, el domingo, ya podré debatirme en mi interior. Podré tener una conversación conmigo misma como la desequilibrada mental que a veces parezco y poner en orden mis prioridades.


Escrito por Ángela El 03/26 a las 00:45
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