Archivado en: 10. Iras
Recuerdo esa tarde, recuerdo cómo, cuándo y por qué empezó la conversación. Recuerdo todo. Y recuerdo, al detalle, cómo grité, chillé, pataleé, pegué a cojines y lloré. Me sentí completamente sola, hundida. Era como si aún pudieran pegarme desde donde estaban. Como si sus risas pudieran darme golpes.
Y, ya en la ducha, lloré, lloré, lloré como nunca antes había llorado. Una parte de mí había muerto, sin duda alguna. Me dolían los ojos, los brazos, los pies... me dolía el estómago y me dolía la cabeza. Daba con el puño a los azulejos verdes de la pared de la ducha. Y lloraba, no paré.
Y entre sollozo y sollozo atiné a construir una frase: "Hijas de puta, os odio". Eso es lo que llegué a decir. Y sin querer me caí y quedé en el suelo de la bañera. Y mi boca seguía diciendo "Os odio" una y otra y otra y otra vez. Cada vez más alto. "Las odio" pensaba. Y es cierto, las odio.
Y luego, mientras estaba con la cabeza apoyada en la bañera, con las manos en los oídos, seguía susurrando "Hijas de puta, os odio". Y poco a poco conseguía decir más cosas: "Zorras, guarras, malditas putas de mierda, os odio, pudríos en el infierno, me habeis jodido, cabronas, juro que os mato, hijas de puta". Todo eso y mucho más; y me quedaba corta.
Me dolía, me dolía muchísimo. Se habían reído de mí sin pensarlo siquiera. Y yo no había llevado a cabo mi venganza. Y desde que les puse "No admitido", las sentencié. Esa había sido mi última conversación con ellas. Esa había sido la última vez que se iban a reir de mí. Esa había sido la última vez que se iban a meter con MI MEJOR AMIGA de verdad. Sin duda, la última vez que las consideraba dentro de mi vida.
Y, de pronto, sin más ni más, dejé de llorar. Seguía queriendo llorar, pero ya no lloré más. Y, entonces, comencé a pensar en él. Y a decir su nombre en bajito. Decía: "Hola, ¿me escuchas? ¿hola?" como si pudiera oirme.
Y fue entonces, solo entonces, cuando yo dejé de ser yo, igual que antes. Y crecí un poco más. Y me juré a mí misma no volver a llorar una lágrima más por alguien como ellas dos. Y, desde entonces, el único lugar en el que me siento capaz de llorar hasta que me duelan las costillas, como aquella vez, es en la ducha.
Desde aquí quiero decir: Soraya López García y Verónica Luna Elías... NUNCA volvereis a verme. NUNCA.