Archivado en: 13. Reflexiones
Acostumbro a amoldarme a cómo sea quienquiera que me esté hablando; aunque no por ello tengo un carácter débil. Acostumbro a ser muy pero que muy envidiosa y caprichosa. Acostumbro a no ser una conformista y a rebelarme a mi manera contra la autoridad. Acostumbro a abrazar el nihilismo, lo que hace que mi sarcasmo aumente por momentos; y, con él, también mi egocentrismo y mi soberbia.
Acostumbro a hacerme la inocente en momentos altamente peligrosos para mi reputación. Acostumbro a ser perfeccionista y detallista. No dejar pasar ni una; tenerlo controlado hasta el último detalle. Acostumbro a tener la última palabra, aunque a veces no la diga. Acostumbro a recurrir al intercambio activo de chismes y cotilleos. Y aunque éste sea un acto de vileza por mi parte, también acostumbro a apañármelas para salir de todos los líos.
Acostumbro a ser volátil al principio y plúmbea al final. Acostumbro a ser afable y esquiva, al mismo tiempo. La misantropía en mí es mucha, aunque no siempre se me represente con ella. Acostumbro a ser como un tenue y leve céfiro tras la tempestad, que va medrando su fuerza poquito a poco. Y a veces, sin querer, acabo siendo algo que no soy. O algo que no quiero ser (o llegar a ser)