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Y sentarme a esperar al tiempo. Sentarme y, poco a poco, ir marchitándome con la rosa que débilmente sostengo en mi mano. Volverme pequeñita, frágil, indefensa y no tener lugar en este mundo para esconderme. Y volverme más fea con los minutos y las horas y los días y los años... y estar pálida y demacrada y parecer un trocito de estrella recién sacado de este mantito oscuro que es el universo. Seleccionar un deseo de todos aquellos que brotan en el espacio, danzando no siempre alegres, y dejarme llevar por la imaginación. Soñar que algún día seré capaz de volar y de fundirme con el cielo, y ser uno, y ambos ser homogéneos... y demostrar al eterno infinito que existe una pena mayor que jamás ningún hombre ha visto ni sentido. Y apretar hasta que se vuelva un fresco céfiro, hecho de motitas del tiempo que vivimos, estamos viviendo y viviremos.
Y dejar morir a mi persona cada día un poco más, hasta completar este fatuo ciclo de renovación de almas. Y tener el gusto de poder saborear este dulce néctar almibarado paseando por mi garganta hasta llegar a su destino. Y tener la libertad de llorar, y gritar, y chillar y explotar, aunque sea, sin nadie que me compadezca por mi sufrimiento. Y morir esperando el día en que consiga mi nirvana, mi mayor triunfo, mi cúspide interior, mi deseo: encontrar la libertad. Y descubrir, no sin sorpresa, que precisamente resulta paradójico a su manera. Que muera el mismo día que lo encuentre, buscando algo que no encontraré a más que muera. Y sí, en el fondo, en mi alma hecha pedacitos, sonreiré porque por una vez habré alcanzado mi plena voluntad. Que, aunque austera al final, resistió pese a calamidades insospechadas.
Porque no hay más remedio que encontrar la manera de ver el camino hacia lo que se desea. Porque sí, ése es el camino. Mi camino.